Ministra Ducó pone fin a la polémica: BTS podrá usar el Estadio Nacional si DG Medios protege la cancha

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Después de diez meses de evaluación técnica y varios días de incertidumbre para miles de fanáticas, el Ministerio del Deporte encontró la fórmula para destrabar uno de los conflictos culturales más ordinarios del año: los conciertos de BTS en el Estadio Nacional. La ministra Natalia Ducó confirmó que la productora DG Medios podrá utilizar el Coliseo Central el próximo octubre, siempre que instale una estructura tipo mecano capaz de distribuir el peso del escenario y evitar que las casi 600 toneladas de montaje dañen la cancha híbrida del recinto.

La noticia de BTS en el Estadio Nacional pone fin a una semana de tensión que combinó indignación de fanáticos, amenazas legales y una batalla comunicacional entre el Gobierno y la productora surcoreana. Pero, sobre todo, deja una lección política que vale la pena subrayar: la administración Kast privilegió el criterio técnico por sobre la presión mediática, sin por eso cerrarle la puerta a la solución.

Un problema real, no un capricho burocrático

Desde el primer momento, Ducó fue clara en que la disputa no era «deporte contra cultura», sino una cuestión de ingeniería y responsabilidad patrimonial. El montaje de BTS en el Estadio Nacional contempla un escenario de 360 grados —inédito en Chile— que se instala en el centro exacto de la cancha, justo sobre el sistema de drenaje y riego del césped híbrido. Según los propios antecedentes entregados por la productora, la estructura supera las 600 toneladas, un peso que ningún evento había concentrado antes sobre el pasto del Nacional.

La ministra fue enfática en desmentir que hubiera existido alguna cancelación arbitraria: la autorización para el Coliseo Central nunca se otorgó, porque el informe de mitigación presentado por DG Medios no cumplía los estándares exigidos. No hubo decreto, no hubo contrato, no hubo reserva formal. La venta de entradas, subrayó Ducó, fue una decisión comercial de la productora mientras la evaluación técnica seguía en curso, algo que la propia empresa sabía de antemano.

La responsabilidad de la productora

Ese punto es clave para entender el episodio en su justa dimensión. No se trató de un Estado que cambia las reglas a última hora, sino de una productora que optó por comercializar un producto —entradas para tres fechas— antes de tener la certeza de que el recinto podía absorber las exigencias técnicas de su propio espectáculo. El costo político y comunicacional de esa apuesta terminó recayendo, injustamente, sobre el Gobierno, que fue acusado de «cancelar» algo que en rigor nunca había sido aprobado.

Este patrón no es nuevo en la relación entre privados y espacios públicos en Chile: se vende primero y se pide permiso después, confiando en que la presión social y el ruido en redes terminarán forzando una autorización exprés. En esta ocasión, el Mindep no cedió a esa lógica, exigiendo garantías técnicas reales antes de comprometer el principal activo deportivo del país.

Cuidar el patrimonio deportivo sin cerrar la puerta a la cultura

Lo interesante de la resolución final es que evita el maximalismo de ambos extremos. El Gobierno no canceló los conciertos ni obligó a trasladarlos a un recinto secundario, como la Explanada del Parque Estadio Nacional o el Parque Cerrillos, opciones que estuvieron sobre la mesa mientras las negociaciones seguían empantanadas. Tampoco cedió sin condiciones ante la presión de la industria del entretenimiento y de figuras públicas —como la exdiputada Camila Musante, que ofreció asesoría legal gratuita a las fanáticas, o dirigentes deportivos y alcaldes que pusieron a disposición sus propios estadios.

La salida encontrada —una estructura tipo mecano que reparta las cargas sin comprometer el césped ni el sistema de drenaje— demuestra que es posible compatibilizar los grandes espectáculos culturales con el cuidado de la infraestructura pública, sin sacrificar ninguno de los dos objetivos. Ducó lo resumió con una frase que retrata bien el criterio con que actuó el ministerio: la cartera no busca «cerrar puertas», sino «dar soluciones».

El fondo del asunto: activos públicos no se sacrifican por presión mediática

Más allá de si a uno le apasiona o no el K-pop, el episodio deja una señal relevante sobre cómo debiera funcionar la relación entre el Estado y los privados cuando están en juego bienes públicos de alto valor. El Estadio Nacional no es solo un escenario de conciertos: es el recinto donde se juegan los partidos de la selección chilena, se disputan los campeonatos escolares de atletismo y se realiza la Teletón, entre otros compromisos ya calendarizados para los meses posteriores a octubre.

Que el Ministerio del Deporte haya sostenido durante diez meses una evaluación técnica rigurosa, resistiendo la tentación de aprobar sobre la marcha para evitar el costo comunicacional de «cancelar» a una banda con millones de seguidoras, es un ejercicio de responsabilidad institucional que se agradece. Y que, una vez resuelto el problema técnico, el Gobierno haya facilitado una salida razonable —en lugar de mantener una negativa por Principio— también habla de sentido práctico antes que de ideología.

Al final, ni el deporte ni la cultura salieron perdiendo. Ganó, eso sí, la idea de que las reglas técnicas existen para algo y que ni siquiera la productora de una de las bandas más grandes del mundo puede saltárselas vendiendo entradas primero y pidiendo permiso después.

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